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martes, 10 de mayo de 2016

Primavera, 26 de abril de 2.016, una fecha marcada en  mi calendario de vida...


Aquel día nada hacia presagiar ... Ella había decidido partir hacia el más allá, como siempre había vivido, sin hacer ruido y sin molestar... El médico nos notificó su fallecimiento.
Recuerdo que el océano se abrió en mis ojos. Ya estaba, ya había pasado. La muerte era eso, dejar una terrible sensación de nostalgia y de "The End"... No había nada más. Sólo triste despedida. Pero ¿por qué yo no lo sentía así?. ¿ Por qué yo no sentía esa sensación de viaje hacia el más allá?...
Creo que ella siempre supo viajar en todos los aspectos de la vida y , es por ello, que seguía allí en esencia, ayudándonos a superar su partida tan inesperada pero tan esperada a la vez, llevaba tanto tiempo enferma, que no nos creíamos que finalmente, se hubiera ido.

Recuerdo que una sensación muy encontrada se apoderó de mí. Era libre. Culminaba así una etapa , un volumen de mi vida para archivar en lo más recóndito de mi memoria. No quería seguir sufriendo lo que ya había sufrido durante tantos años. Ella me liberaba por fin de mi preocupación como hija amante, que cuidaba  de su madre enferma. Mi vida se abría en todos los aspectos y formas. Era dueña de mi tiempo en todos los aspectos.

El amor se abría paso entre lágrimas repartidas entre la mayor de las felicidades y, la peor de las experiencias, la muerte de mi madre tierra... de mi mentora, de mi amiga, de mi alma senior. De muchos títulos  que alumbraban ese formato de Venus en mi mundo.

A pesar de mi bloqueo inicial que supuso esa despedida abrupta e inesperada, decidí que debía ser fiel a mí misma, y continuar con la experiencia de vida que se abría ante mí.
Mi amor, mi pareja, mi compañero, me hacía bailar sobre mis penas. Mi cuota de sufrimiento se había relativizado hasta lo más alto de mi autocontrol impuesto en emociones. Reía , bailaba, lloraba, cantaba...

Decidí darme sólo  un poco de  tiempo de dolor y sonrisas. De despedidas y de bienvenidas. Era tan sólo una mujer, sólo un ser humano, con unas terribles ganas de vivir y de sentir que mi vida tenía  sentido. Situaciones muy extrañas me arropaban en mi día a día... La primavera floreciente en ese amor inesperado y tan valorado, frente a ese invierno   frío de copos y de despedida blanca.

 Por supuesto, mi homenaje a mi madre fue como siempre quiso ella que fuera. Limpio, valiente, con mucho amor. Mi poesia ardía en mis mejillas mientras las palabras se escribían solas en un whatsapp de amor. Por fin volaba libre entre naranjas de fuegos que surgían de su crematorio. Nunca más sería la prisión de mi madre aquel cuerpo enfermo y debilitado por   la parte de la vida más cruel. La vejez. Ella vivía a través de mí... Aquella era mi promesa ante la falda negra de la dama de la guadaña. Mi rebeldía a no permitir que me doblegara por dejarme sin su compañía.   Mi madre seguiría viva a través de mí y de mis vivencias... No me permitiría que el olvido la engullera entre lápidas de palabras lloradas y secadas al sol de los veranos que continuaban. El sol brillaría a través de mis palabras escritas en este blog de superación de cansados de la vida...