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jueves, 30 de abril de 2015

Fuerte, fuerte, fuerte. Con determinación y paciencia.



Cuento tonto para niños rebeldes, que no lo son.


Había una vez, dos niños muy buenos y confundidos,  que no entendían qué diablos pasaba en su
pequeño mundo.
Había  una vieja malvada con sonrisa dulce, y mirada triste que los engañaba.
Y que poco a poco, los metía en una cueva de soledad.
Llenita de arañas y serpientes maliciosas.
Esos niños, tenían mucho miedo, porque nadie les cuidaban como ellos esperaban.
Las serpientes les querían picar. Y las arañas les aterrorizaban.

Pero ellos, tenían que esperar porque su mamá había ido a aprender a pescar. No lo entendían. Pero lo
hacían. Aunque esperar les desesperaba. A veces. Siempre.
Cuando las serpientes siseaban su sonido maligno por debajo de sus piernecitas, se apoyaban el uno
en el otro para saltar, e ir zigzagueando los dientes afilados de la maldad, en su estado puro.
 Qué miedo , ¿ verdad?.


Mientras,  su Mamá, seguía luchando contra la tempestad de un mar embravecido que la quería hacer
naufragar. A muchas islas desiertas tuvo que llegar, para reparar su maltrecha barquita de dolor y
soledad.
Contra el mar. Siempre contra el mar.

Todas las noches, bajo la alfombra estrellada de cometas de sueños, imposibles de realizar, o no, ¿quién sabe?,  recordaba cómo acunaba a sus pequeños con todo el amor de su amor.
Y se recordaba a si misma, que no volvería a dejarse vapulear.  Aun las olas más grandes, no la harían naufragar. Porque sólo se tenía a si misma y a su voluntad. Las olas mejorarían, el tiempo las calmaría.  Estaba segura de ello. Pero cómo dolían esos momentitos de soledad.
Necesitaba contárselo a sus pequeños heridos por la misma enfermedad.
 Era la única manera de protegerse y protegerles.
 Así que,  todas las noches, cogía con determinación y empeño, su  cuaderno de bitácora y,  con las brasas de la humilde hoguera, les escribía canciones de paz y tranquilidad.
Les sonaba sus moquitos del alma, tan difíciles de sacar. Pero ella sabía que, poco a poco y con muchos pañuelos, lo conseguiría. Esa determinación, llenaba sus días.
Aunque había veces , por las noches, que el oscuro, asqueroso y pegajoso chapapote, se adhería a su piel.

Como era una mamá lista, aprendió a quitarse esas manchas de fuel opacas y persistentes. Aunque, a veces,  perdía demasiado tiempo  y, ello, la retrasaba su camino de vuelta al hogar. Pero ella lo hacía con paciencia y alegría. Todo era su voluntad. Todo.

Pues bien, cuando se quedó sin hojas para escribir, pensó que ya era hora de regresar, ya había aprendido a pescar, y  no podía aprender más. Entonces, cogió todas las cartas del corazón escritas, las metió en una botella verde y estanca, y la arrojó al mar. Anunciando su regreso. Con tanta esperanza, con tanta felicidad...

Un día, los niños,  que como todos los días,  habían ido a la playa a lanzar su beso a la inmensidad , les cegó un reflejo como un espejo en medio del mar. El más intrépido de los dos, nadó hacia el reflejo, siguiendo un sonido disperso en el corazón.

Cuando abrió la botella, y leyó las letras que tan bien conocía, una sonrisa eterna en los labios se le curvó, porque su mamá estaba de regreso.
¡ Qué alegría , qué ilusión¡.
Volvían los cuentos, los abrazos, los ratitos de mamá. Qué felicidad.
 Su mamá  volvía por el mar sereno, navegando fuerte por el mundo, sin que nunca,  nada, ni  nadie  la hiciera naufragar, jamás.

Y así, abrazaditos, se sentaron a esperar.